Cuando era niño, la presencia de The Beatles en mi vida era algo anecdótico, casi un ruido de fondo. Recuerdo vívidamente un festival del jardín infantil de mi hermano menor; él tenía apenas 4 o 5 años y le tocó interpretar a George Harrison. Lo veo aún en mi mente: el cabello despeinado, una guitarra de juguete entre las manos y la pista de «I Should Have Known Better» sonando mientras intentaba seguir el ritmo.

Esa escena quedó registrada en un VHS que hoy debe estar juntando polvo en alguna caja del desván, pero lo vi tantas veces que el recuerdo es imborrable. Incluso recuerdo el audio del video, donde se escucha a uno de los padres comentar con asombro: “¡De verdad se parece a John Lennon!”. En ese entonces, aunque mi padre se decantara por el Rey del Rock, siempre me dejó claro que esos cuatro de Liverpool eran lo más importante que había pasado en los 60.

Sin embargo, para mi yo adolescente, The Beatles eran «música vieja». Mientras la radio se llenaba de electrónica, yo los asociaba a las clases de inglés donde nos hacían diseccionar «Yellow Submarine» o «Yesterday» para identificar vocabulario. Los catalogué como una banda aburrida de hits pop, de esas que hacían gritar a las chicas con canciones como «Love Me Do» o «All My Loving», pero que no tenían nada que decirme a mí.

El encuentro con el pájaro que voló
Todo cambió de la mano de la literatura. Cuando el libro Tokio Blues de Haruki Murakami llegó a mis manos, trajo consigo una melodía que me detuvo en seco: «Norwegian Wood (This Bird Has Flown)». Me obsesioné con ella. La escuché y analicé una y otra vez, hasta que la curiosidad me llevó a buscar el álbum que la contenía.

Así llegué a Rubber Soul, mi verdadera puerta de entrada al universo Beatle.

Aunque después exploré toda su discografía y profundicé en su historia, este disco siempre ha sido mi favorito. Para mí, representa el cambio generacional. Es el punto exacto donde los Beatles del pop de estadios dan paso a las mentes complejas de cada compositor. Aquí, Lennon y McCartney dejan de ser ídolos de póster para volverse referentes creativos, y George Harrison comienza a perfilarse como mi favorito, introduciendo instrumentos poco convencionales y esa experimentación que cambiaría la música occidental.

Una conexión en soledad
Durante mis 20 años, muchas de las canciones de este álbum se convirtieron en mis compañeras de práctica. Me las aprendí en la guitarra, pero solo las tocaba en soledad. Era una instancia íntima, un refugio donde podía conectarme con emociones descarnadas, en bruto y sin pulir, que sentía en aquel entonces.

A día de hoy, conservo el disco físico que compré en mi juventud; de hecho, es el único que poseo del cuarteto. Tiene algo especial, casi místico. Se siente como una frontera que une dos mundos bajo un mismo techo: la algarabía de una sociedad que funcionaba como un reloj suizo, y la generación que empezó a mirar qué había al otro lado de la pared, cuestionando las fachadas perfectas de sus padres.

En cuanto a aquel joven de 20 años que tocaba la guitarra a solas… bueno, como dice la canción, ese pájaro ya voló.

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