Los criterios del entretenimiento televisivo ciertamente no son los de antaño. Desde sus inicios, la «pantalla chica» encontró en las series una forma moderna y visualmente atractiva de llevar historias complejas a los hogares, emulando géneros que antes solo habitaban en el teatro o la literatura. Por supuesto, al igual que en los libros, algunas obras alcanzaron la cima, mientras que otras no pasaron de un piloto o un par de temporadas de consuelo.
Suele decirse que la época dorada del drama televisivo se consolidó entre finales de los noventa y gran parte de los 2000. Títulos como The Sopranos y The Wire se citan hoy como obras inmortales, impecables en ejecución y legado. En aquellos años, sin embargo, yo aún no encontraba mi lugar en los dramas adultos. Como una suerte de protesta juvenil, evitaba la televisión convencional; mis únicas excepciones eran Los Simpson y Dr. House, cuya segunda temporada devoraba una y otra vez en unos DVDs piratas que eventualmente terminaron en la basura. Mientras mis amigos más «frikis» comentaban los hitos del momento, como Prison Break o Lost, yo me mantenía al margen, sin saber de lo que me perdía.
Recuerdo que en las noches, durante las maratones de Los Simpson en el canal FOX, solía aparecer un comercial que captó mi atención: hombres de traje impecable, mujeres con vestidos elegantes y un título en inglés que nunca olvidé: Mad Men. No fue hasta el 2021, en plena pandemia y con el catálogo de varios servicios de streaming a mi disposición, que la serie apareció en mis «Recomendados». Una vez que empecé, no hubo vuelta atrás; me sumergí en una maratón que no se detuvo hasta el episodio final.
Creada por Matthew Weiner (quien ya venía de demostrar su talento en The Sopranos), Mad Men nos sitúa en una agencia de publicidad en la Nueva York de los años 60. Desde el primer capítulo, la serie nos presenta un ecosistema de personajes fascinantes, pero el eje gravitacional es, sin duda, Donald «Don» Draper. Como jefe creativo de la agencia, Don nos conduce por los pormenores y aventuras de un hombre de su estatus en una era de cambios sociales profundos que sacudieron los cimientos del conservadurismo estadounidense.
A pesar de que ya ha pasado más de una década desde su final, la serie se mantiene vigente. La recreación de la época es impecable y el casting logra representar fielmente la mentalidad aspiracional del neoyorquino de posguerra. Resulta extrañamente intrigante; todos hemos escuchado a nuestros padres Baby Boomers hablar sobre «cómo eran las cosas antes» y los valores que se han perdido. Pero ver en pantalla el machismo, los valores tradicionales y esa «romantización hegemónica» —conceptos que hoy solemos ver en blanco y negro—, escenificados con tal realismo y sin caer en la parodia, es como visitar un mundo que ya no existe. Es, al igual que American Beauty o Back to the Future, una cápsula del tiempo a la que siempre vale la pena volver.
Quizás la única crítica posible sea su recursividad. Sin entrar en spoilers, Don suele cometer los mismos errores temporada tras temporada, sugiriendo que, a pesar de su brillantez y posición social, no logra aprender de su pasado. Sin embargo, ese comportamiento errático y a veces calculado nos guía hacia un final enigmático y catártico, donde todo parece volver a su centro.
Para finalizar, es imposible no mencionar a Sally Draper, la hija de Don. La vemos crecer episodio a episodio y, aunque ese mundo de perfumes caros y apariencias lujosas no le pertenece, es el entorno que la moldea. La serie inicia en 1960 y termina en 1970. Si nos detenemos a pensar en la edad que tenían nuestros padres en esos años, nos daremos cuenta de que Sally —una niña criada en plena década de apertura hacia un mundo más liberal— representa fielmente a nuestros propios padres. Ellos también fueron niños y vivieron de primera fuente aquello que hoy nos impacta frente a la pantalla.
Cuando hables con ellos, tenlo en cuenta, hombre loco.

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