Hace algunos años, como parte de una colaboración para un medio de divulgación de cultura japonesa, escribí un artículo sobre el terror en los videojuegos. En aquel texto, antes de entrar de lleno en los polígonos y las mecánicas, propuse una distinción necesaria: el terror y el horror como géneros diferentes, aunque compartan la misma raíz biológica: el miedo.

Si bien este no es el espacio para profundizar en debates literarios, hay una imagen que siempre me asalta cuando pienso en Resident Evil. Es ese primer zombie de 1996: dándote la espalda mientras devora un cuerpo, para luego girar su mirada gélida hacia ti. Estás encerrado, sin escape y con el miedo a flor de piel. Esa escena es el ADN de la saga.

Evolución y Resonancia
Desde que Shinji Mikami dio vida al Survival Horror original, la historia de Umbrella y sus desastres biológicos ha sido sencilla pero implacable. Sin embargo, lo realmente fascinante ha sido su evolución. Los que crecimos con la saga nos hemos adaptado a sus mutaciones: desde el gameplay restrictivo de los primeros títulos —que potenciaba la soledad y la ansiedad— hasta el dinamismo iniciado en la cuarta entrega, que otorgó al jugador una mayor agencia y adrenalina.

Sé que muchos piensan que la acción aleja al terror, y quizás tengan razón, pero Resident Evil nunca se ha distanciado de la repulsión. Parafraseando a Stephen King: si no puedes asustar al lector, esfuérzate en darle asco. La saga domina esto a la perfección, incluso en sus entregas más comerciales. Criaturas viscosas, lenguas gigantes y deformidades genéticas que resultan visualmente impactantes… y genuinamente asquerosas.

El Sincretismo de «Requiem»
En los títulos más recientes, la saga parece haber encontrado un sincretismo perfecto. No se siente como una movida «democrática» para complacer a todos, sino como un diseño consciente donde la acción y la claustrofobia conviven en equilibrio.

Tras pasar los últimos días jugando Resident Evil Requiem, me atrevo a decir que el experimento ha sido un éxito total. Es una obra que recoge lo mejor de cada etapa sin caer en la nostalgia forzada ni en la obsesión por el exceso. Se siente real, genuino y cumple lo que promete.

Como jugador de 35 años, me he descubierto pausando el juego para recuperar el aliento ante la ansiedad. Es curioso cómo, después de tanto tiempo, este título ha logrado que mi yo adulto reconozca ese mismo horror de la preadolescencia: la desolación de estar encerrado con algo que te quiere muerto, o peor aún, convertido en algo horripilante.

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