Tenía 20 años cuando escuché por primera vez sobre una nueva serie de televisión que, según decían, era excelente. Un amigo, a modo de broma, me soltó una frase que me quedó grabada: «Es tan buena que vi toda la primera temporada en 5 minutos». Intrigado, puse el primer capítulo, vi los primeros minutos y no entendí absolutamente nada. Sin insistir demasiado, la saqué.

En ese momento de mi vida mi mente estaba en otra parte. Mis gustos televisivos de principios de los dos mil diez se alejaban de la fantasía; House M.D. era mi serie de cabecera y no sentía que hubiera espacio para dragones. Sin embargo, no recuerdo exactamente cómo ni por qué, decidí darle una segunda oportunidad. Me dije: «Bueno, al menos debería terminar el primer episodio». Y eso hice. Dios mío, ahí empezó todo.

Una entrada hostil a la adultez
Mirando hacia atrás, la serie llegó en un momento crucial. Estaba en mis primeros años de universidad, ingresando en esa adultez hostil donde ya no hay apoderados y te enfrentas a un sistema que no está diseñado a la medida de tus necesidades ni caprichos. Al César lo que es del César: sumergirme en un universo de fantasía que se sentía tan parecido al nuestro fue la manera en que muchos de mi generación pudimos interiorizar las crudezas de la vida.

En Poniente, como en la realidad, la vida es injusta. Hay engaños, conspiraciones, traiciones, ambiciones y sangre. Lo único que faltaba eran los dragones… o al menos, no de esos que vuelan y escupen fuego.

El fenómeno de la espera
Creada para HBO por David Benioff y D.B. Weiss, y basada en la saga Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin, la serie nos presentó un continente de Poniente fragmentado. Entre Casas Reales que rinden pleitesía a un trono en Desembarco del Rey y unos Stark que pronto se ganaron nuestro amor absoluto, la trama nos envolvió en un aire de guerra constante.

No escribo esto para descubrir que es una obra maestra; eso ya lo sabemos. Tampoco para debatir sobre cómo alcanzó su peak en la cuarta temporada para luego decaer en guion hasta esa octava temporada que puso el punto final. Escribo esto para redescubrir una nostalgia que creía inexistente.

Recientemente cumplí 35 años y me doy cuenta de cuánto ha cambiado nuestra forma de consumir historias. Hoy, los servicios de streaming y la información en tiempo real nos han «vacunado» contra el arte de esperar. Ahora la espera se vive con una ansiedad anticipatoria, que es algo muy distinto a lo que sentíamos a los 21. Esperar al domingo por un nuevo capítulo de Game of Thrones era un fenómeno mundial; era subirse a un carro donde estaba el planeta entero. Te sentías parte de algo grande, unido a un sentimiento global que trascendía cualquier nicho.

La construcción de la experiencia
En esa época, las redes sociales aún no eran el monstruo que son hoy. La espera se vivía con una emoción movilizante, con anhelos y teorías. Todos queríamos pertenecer a una Casa, apoyar a un aspirante al trono o descubrir la verdad sobre Jon Snow. Esa duda nos llevó a pensar, a leer los libros y a disfrutar cada minuto del proceso.

Sin imaginarlo, en mi temprana adultez estaba edificando experiencias de las que hoy me siento profundamente nostálgico. Es la nostalgia de una década en la que me desconectaba del ruido para poder estudiar, descubrirme a mí mismo y aprender a soltar lo que me hacía daño.

No digo que un fenómeno así sea irrepetible —el Multiverso de Marvel tuvo lo suyo—, pero hay algo inquietante en el presente. Los aires de guerra e intrigas políticas que veíamos cada domingo en Poniente han vuelto a nuestras pantallas. Solo que esta vez no es HBO, sino CNN. Y los dragones de hoy sí vuelan, pero dejan fuego real al explotar.

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