zelda

Todos hemos escuchado alguna vez el dicho: «no juzgues a un libro por su portada». Sin embargo, los años de estudio en psicología me han permitido matizar esa máxima. He entendido que un sesgo o un prejuicio, en el fondo, resultan en un «ahorro» de energía; en lugar de analizar y experimentar algo de forma genuina para generar una opinión propia, acudimos a la idea prefijada o socialmente compartida que ya tenemos sobre ello.

En el año 2002, muchos de nosotros nos «ahorramos» la energía de probar este juego… y de paso, nos ahorramos unos cuantos dólares.

El peso del prejuicio

Visto desde la adultez, me resulta enigmático cómo ciertas obras de nuestra infancia que fueron mal recibidas por el público o la crítica, hoy gozan de una valoración mucho más positiva y menos severa. Son cosas que solo el paso del tiempo logró colocar en su lugar: el pedestal de lo que no se supo apreciar en su momento por ser visionario. Esto nos trae a la memoria otra máxima: nadie es profeta en su propia tierra.

The Legend of Zelda: The Wind Waker es un título para la Nintendo GameCube lanzado originalmente en 2002. Años más tarde recibió una versión en HD para la Nintendo WiiU y, actualmente, vive una nueva etapa de accesibilidad gracias a su emulación oficial en el catálogo de GameCube de Nintendo Switch Online, disponible para quienes ya cuentan con la nueva Nintendo Switch 2.

Recuerdo perfectamente el día en que, junto a mi mejor amigo de ese entonces (el verano del 2002), arrendamos el juego y lo probamos. La emoción inicial se fue transformando, poco a poco, en un disgusto amargo. Para un niño que creció luchando codo a codo con el Héroe del Tiempo en Ocarina of Time, el entorno colorido y la animación de estilo cartoon —que sentíamos dedicada a un público más infantil— nos disuadió pronto de continuar la aventura.

Reivindicación y madurez

Es curioso cómo los aspectos que gatillaron mi alejamiento del juego son, precisamente, los que mejor se valoran hoy en día: un aire fresco, innovación y aventura en su significado más primigenio. Ya como adulto, tuve la oportunidad de reivindicar esa amarga experiencia de niño. Debo confesar que no entendí a mi «yo» de 10 años; pero está bien, puede que él tampoco me hubiese entendido a mí.

Me tomó varios meses recolectar todos los elementos necesarios para que mi aventura fuera lo más completa posible. Y si bien, tras varias horas de juego, el encontrarse navegando por un mar interminable puede volverse algo tedioso —especialmente para un adulto con escaso tiempo para dedicarle a un control—, no puedo negar que su historia es intrigante. Sus personajes rebosan carisma y el juego es sumamente efectivo al poner a prueba el ingenio para resolver acertijos. Es, al final del día, un título divertidísimo que alcanzó la inmortalidad.

El sitial de Toon Link

Todos reconocemos al Link de Ocarina of Time como el Héroe del Tiempo: aquel personaje trágico que sufrió el peso de envejecer de golpe y no ser reconocido por sus hazañas. Pero Toon Link, aquel que solo pudo ser valorado tras años de replays, retrospectivas y una nueva generación de jugadores sumada a la nostalgia dosmilera, merece su propio sitial.

Él es también un Héroe del Tiempo, pero uno distinto: aquel que fue ungido por el lento, cruel y a veces pedregoso paso de los años.

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