Me gusta pensar, ahora, que las cosas significativas que tenemos hoy nos conducen a recuerdos que hicieron un eco bonito en nosotros, o nos llevan a un encuentro momentáneo que queda resguardado en la memoria. Eso me sucede cuando veo las películas de Harry Potter.

Era pequeña cuando vi Harry Potter y la piedra filosofal, pero fue cuando descubrí Harry Potter y la cámara secreta que esta se convirtió inmediatamente en mi favorita. Recuerdo verla con mis hermanos una y otra vez, en ese tiempo en que las cosas llegaban de manera tardía (o quizás en el momento adecuado), en el campo, donde la televisión pasaba un poco a segundo plano frente a todo lo que había por explorar: recorrer el bosque en bicicleta, armar casitas con ramas, acompañarnos en el juego durante todo el día con los primos. A veces pienso que ese bosque por recorrer era, de alguna manera, mi propia extensión de la magia de Hogwarts.

Debo decir que las películas de Harry Potter acompañaron mi crecimiento y se transformaron en un espacio compartido con mis hermanos: aprendernos los diálogos, discutir un poco por elegir entre alguna de las que ya se habían estrenado entonces, como Harry Potter y el prisionero de Azkaban o Harry Potter y el cáliz de fuego.

La relación con los libros fue bastante más tardía. Diría que hace poco comencé a alimentar ese recuerdo también desde la lectura. Ahora, en mi colección, si bien aún no tengo las películas, los libros —especialmente la edición ilustrada de MinaLima— me han parecido una verdadera joya. Las ilustraciones, el pop-up, la materialidad: es entrar nuevamente en ese mundo mágico; lo convierte en una experiencia.

Probablemente me acompañen de aquí en adelante como algunos de los objetos más preciados de mi colección. Por lo inocente del inicio de la historia, por la magia, por todo lo que permitía imaginar. Con el paso del tiempo, la trama se vuelve más oscura, pero no pierde esa esencia particular que la hizo, desde el principio, tan significativa para mí, porque el gusto por disfrutar las películas nació junto a mis hermanos, en la casa donde crecimos.

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