
Durante gran parte de mi vida he vivido con un dilema: por lo general, la gente que me cae bien tiende a caerle mal al resto. Me ha pasado con amigos, profesores y colegas de trabajo. Y aunque esa constante me ha costado más de algún momento de «inadecuación social», nunca pensé que este patrón se repetiría con la cultura pop.
Todo cambió en 2001, cuando El viaje de Chihiro ganó el Oscar a Mejor Película Animada. En ese momento se generó una curiosidad legítima y mainstream por lo que ocurría en Japón, más allá de los prejuicios sobre dibujos animados diseñados para vender juguetes. Fue así como Occidente coronó a Studio Ghibli como el estandarte de la calidad en el anime.
Con un catálogo impecable y la figura de Hayao Miyazaki como rostro visible, el estudio suma hoy más de veinte películas bajo el sello de Totoro. Muchas de ellas son epopeyas maravillosas, protagonizadas por jóvenes valientes que rescatan la tradición y el folclore oriental. Y es aquí donde reaparece mi dilema personal: el de encontrar el gusto en lo menos popular.
Si por un lado tenemos las obras épicas y galardonadas (generalmente las de Miyazaki), por el otro encontramos las historias más cotidianas; relatos de personas comunes viviendo en el mundo real, enfrentando sus propios conflictos y hallando la belleza en lo mundano. Estas últimas son mis favoritas y, entre ellas, mi preferida es, sin duda, «Puedo escuchar el mar» (Ocean Waves).
La sencillez de lo humano
Dirigida por Tomomi Mochizuki, fue la primera producción de Ghibli hecha directamente para la televisión. Contó con un presupuesto acotado y un perfil bajo, pero en esa sencillez gestaron una obra profundamente humana sobre los vínculos que perduran en el tiempo.
La trama nos presenta a Taku, un estudiante de secundaria en un pequeño pueblo costero que divide su tiempo entre un trabajo de medio tiempo y los preparativos para su viaje de estudios. Su amigo, Yutaka Matsuno, le presenta a Rikako Muto, una estudiante recién llegada de Tokio que oculta varios secretos. Entre los tres se teje un triángulo de amistad y amor que trascenderá sus años escolares, con toda la complejidad emocional que eso conlleva.
¿Por qué es mi favorita?
La respuesta corta es: porque es real.
No me refiero a que se base en hechos verídicos, sino a que es un relato honesto sobre los pormenores de la adolescencia. Es una historia valiente que retrata, sin frivolidades, lo que significa crecer en un mundo que a veces se siente desconocido y temible. Nos muestra eventos que forjan el carácter de los personajes, aunque a veces, como espectadores, nos parezcan absurdos o fuera de lugar.
A pesar de tener poco más de treinta años, la película ha envejecido de forma exquisita. Sus escenas no impactan por el shock visual, sino porque funcionan como una ventana hacia la juventud de esa época. El arte es vibrante, lleno de esa vitalidad juvenil que impregna el cine de Ghibli, convirtiendo la cinta en una cápsula del tiempo que tiendo a visitar cada tanto.
Una elección personal
Entiendo que las películas más famosas del estudio no lo son solo por marketing; sus historias son fascinantes y sus legados, inmortales. Pero yo me quedo con el cotidiano, con lo bello de la vida real y con esos conflictos que no siempre tienen una solución perfecta.
Al final del día, elijo esta película porque me recuerda que los golpes que recibimos en el camino son los que nos permiten apreciar quiénes somos y, sobre todo, quiénes estuvieron a nuestro lado en los momentos más críticos y significativos de nuestra historia.
Ficha técnica:
- Título Original: Umi ga Kikoeru (1993)
- Director: Tomomi Mochizuki
- Estudio: Studio Ghibli (Primer proyecto del «staff joven»)
- Guion: Kaori Nakamura (Basado en la novela de Saeko Himuro)
- Música: Shigeru Nagata
- Duración: 72 minutos
- Formato: Película para televisión (Telefilm)
- Ambientación: Ciudad de Kōchi, Japón
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